Las tres hermanas (4ª parte)


¡Esto era viajar! Aquí va la cuarta parte de las aventuras de tres hermanas por aquellas carreteras europeas de finales de los años sesenta

El filo del hacha corta el viento y separa la madera en dos trozos limpios. Giancarlo deja la herramienta en el suelo, coge las dos mitades y las tira al montón, casi blanco de la nieve que está cayendo. Ahora se quita el sudor de la frente, curtida como toda su cara durante años en la montaña, a pesar de lo cual parece más joven que las sesenta y muchas primaveras que lleva a sus espaldas. Será por la tez morena, el cuerpo aún atlético y ese brillo travieso en sus ojos azules.

Mañana es Navidad y sus hijas Alma, Gloria y Antonella se están reuniendo con él y su mujer Helga para las fiestas. De madrugada ha llegado la primera, Gloria, desde Berlín, con su marido y su hija Klara. Su Volkswagen Escarabajo está aparcado aquí al lado y los tres están durmiendo, son las ocho de la mañana. Giancarlo se gira y observa su casa y al fondo el pueblecito embutido en los Alpes Dolomitas, en el norte de Italia. Son montañas jóvenes que forman un paisaje brutal, muy distinto a su Sicilia natal. «Guten Morgen, Búbele…», una vecina ha pasado a dejarles una cesta con huevos.

Las tres hermanas - Alfa Romeo Giulia garaje

Giancarlo sonríe… «Guten Morgen Frau Seidler…». Los habitantes del pueblo lo han acogido como a uno más. Todo un logro: tras la Primera Guerra Mundial, Italia había recibido el sur del Tirol como premio por cambiar de bando en medio de la contienda. A los austriacos esto naturalmente no les hizo ninguna gracia, pero menos a los habitantes de esta región, quienes de un día para otro se vieron cambiando de nacionalidad a la fuerza. Y menos aún cuando Mussolini prohibió las clases en alemán en los colegios y empezó a colonizar la zona con italianos del sur. Pero Giancarlo, un desplazado más, aprendió alemán e incluso ladino, la lengua local de estos valles, y acabó integrándose.

Ahora acaba de colocar la madera en el almacén, deja el hacha en su sitio en el garaje y se queda observando un rato su coche. Sí, quizá pasaba por un surtirolés más, pero había cosas que no perdonaba: cocinaba especialidades sicilianas, sus hijas tenían nombres italianos y siempre había un Alfa Romeo en su garaje. Ahora hacía dos años que conducía un Giulia Super, con su motor “mille sei” con doble carburador que suena a gloria, lo oiremos en unos momentos.

Las tres hermanas - Dolimiti Sassolungo

En efecto, aquí está Helga, que se asoma por la puerta del garaje con noticias… «Búbele…», sí, ella también lo llama así, es algo como muchacho en el dialecto tirolés… «…acaba de llamar Jorge…», vaya, le encantaba su yerno español, un tipo afable, disfrutón, pero disciplinado y trabajador, él estaba orgulloso de haber nacido en su querido Bilbao pero Búbele bromeaba diciendo que parecía tirolés, «…el coche de alquiler los ha dejado tirados en Trento, dice que cogerán el tren hasta Bolzano».

Dicho esto, Helga le sonríe con complicidad… «Les he dicho que irías tú a buscarlos a Bolzano, ¿he hecho bien…?». Y en un segundo, ahí está el brillo en los ojos de nuestro Búbele, amaba conducir por aquellas montañas y su mujer lo sabía perfectamente. Muchas veces lo hacía sin rumbo fijo, pero ya hacía unas semanas que no salía con el coche y una misión concreta era justo lo que le apetecía. Había nevado ligeramente, pero la carretera estaba despejada: sesenta kilómetros de curvas para recoger a la pequeña Alma y su familia. A veces un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer.

Las tres hermanas - Tren en la estación

Suena tronante el motor del Alfa en la recta que sale del pueblo. Con la mano izquierda Búbele agarra el fino volante de bakelita negra, pulgar estirado por dentro, como un violinista sujetando su instrumento, mientras con la derecha acciona la palanca de cambios, que queda alta, muy a mano, y ahora llega el final de la recta, frena, embrague, tercera, el motor sube de vueltas, segunda, las dos manos al volante ahora, una curva, aceleeera, embrague, tercera, frena, segunda, la mano derecha volando del volante a la palanca y otra vez al volante, el coche rozando la nieve acumulada en los laterales.

A esta misma hora su hija Antonella había dejado atrás París y volaba por la autopista atravesando los campos de la Borgoña francesa, con la mano izquierda agarraba el grueso volante de cuero, pulgar estirado por dentro, cambiando de marchas y sonriendo mientras rugía el motor del Daytona… Sí, Antonella disfrutaba de los coches como su padre y de hecho, había ideado todo el viaje con el Ferrari para compartirlo con su progenitor. Lo único que le impedía divertirse del todo eran las quejas de su novio, pero como ya vimos, en breve dejaría de ser una molestia.

Un par de horas más tarde empieza a nevar en Bolzano y mientras el tren regional hace su entrada en la estación, Jorge y su familia se disponen a bajar. A Jorge le encanta estar con sus suegros y además el paisaje de aquí le recuerda a su País Vasco natal. Y ahora encima está todo nevado: ¡perfecto! Ya descienden del destartalado vagón, qué lentos son estos trenes, parando en cada pueblecito, casi tres horas para sesenta kilómetros. E incómodos: estamos a punto de comenzar la década de los setenta y los bancos aún son de madera.

Las tres hermanas - Alfa Romeo Giulia nieve

Mientras Jorge baja las maletas, Alma y su padre se funden en un abrazo, pero ya el pequeño Leandro salta y trepa por el abuelo que lo coge en el aire y sin soltarlo da un medio abrazo a su yerno, con manotazo en la espalda incluido. Incluso la pequeña Francesca, que a sus tres años no reconoce al extraño, se deja llevar y sonríe. Pero ahora la nieve cae con fuerza: iluminada por las farolas del andén, forma una cortina que aparece de la nada. Búbele coge una maleta y apremia… «Andiamo, la cosa se está poniendo fea».

Embutidos los cinco en el Alfa Romeo plateado, Jorge de copiloto y Alma detrás con los niños, en los primeros kilómetros de regreso a casa los neumáticos de invierno agarran bien y Búbele maneja el coche con destreza. Luego, al iniciar el ascenso al valle se tiene que parar a poner las cadenas, pero a pesar del frío que le entumece los dedos esto es pan comido para un siciliano tirolés de pura cepa y enseguida se unen de nuevo al tráfico.

Un tráfico muy intenso, entre lugareños que vuelven del trabajo y turistas que vienen a esquiar: se ven placas italianas pero también belgas, holandesas, alemanas… todos con cadenas o ruedas de clavos. El Alfa es ahora un segmento más de un interminable gusano de acero que va subiendo penosamente a paso de tortuga… y no tarda en quedarse parado del todo. Pasan los minutos, pasa media hora, la nieve sigue cayendo con ganas y se acumula sobre los coches y la calzada. Jorge se acuerda del calvario que pasó ayer con el atasco, la niebla, el paso a nivel y el tren. Por supuesto, es la continuación lógica del viaje de ayer, piensa con ironía mientras se hecha el aliento en las manos: hace frío, mucho frío.

Las tres hermanas - cocina tirolesa

Al lado de la estufa calentita, Klara sorbe de su taza de chocolate humeante, mientras a los fogones incandescentes su abuela Helga prepara la cena. Sus padres, ambos profesores, han dejado de corregir exámenes y se han enfrascado en una discusión con Helga sobre la situación política en la región. Su madre… «Las bombas de los independentistas no han solucionado nada…». Y su padre… «No, pero la represión y los juicios sumarísimos de los italianos aún menos…». Y luego la abuela… «Pero los ladinos siguen siendo ninguneados en el conflicto…».

De ahí saltan al reciente atentado en Milán de un grupo de extrema derecha, de ahí a la dictadura sin fin en España, de ahí a la represión soviética del año pasado en Praga y de ahí a la guerra de Vietnam. Klara está intentando en vano abstraerse y seguir con sus deberes, así que cuando suena el teléfono lo coge para evadirse de la discusión… «¿Hola? ¡Ciao, zia Antonella…!». Los otros se la quedan mirando… «¿Quando arrivi? … ¿No? … Sí, il temporale è fortissimo … ¿Come? … ¡Non ti sento…!».

Las tres hermanas - Nieve noche farolas

«¡Domani mattina! ¡Estaré ahí mañana, me quedo a dormir en Garmisch, no me quedan monedas, ciao…!». Antonella cuelga el teléfono y vuelve a su taburete en la cafetería de la gasolinera. Son las seis de la tarde y tras deshacerse de Mark y pasar Stuttgart y Munich, aún tenía otras cuatro o cinco horas de viaje. Pero el Ferrari y la nieve no se llevan bien y seguir el viaje era una temeridad, así que había reservado una habitación en un hotel de Garmisch, casi en la frontera con Austria, donde había estado esquiando años atrás. A continuación había avisado a la familia.

Hay mucha gente y humo, pero el ambiente es relajado… «Vaya temporal, eh…?». Una voz masculina pero suave, en italiano correctísimo con ligero acento… ¿inglés, quizás? «Al menos serán unas navidades blancas…», responde Antonella mientras deja su café en la barra y se gira para mirar a su interlocutor, con el pelo largo castaño, ojos grises, nariz recta, moreno, atlético, chaqueta de tweed y jersey de cuello vuelto. Antonella tiene un sexto sentido para las personas y un reconocimiento superficial le da los resultados… atractivo, mirada inteligente, sonrisa franca, me acurrucaría junto a él frente a un fuego con una copa de vino y luego veríamos, piensa para sí misma, pero le traiciona una media sonrisa traviesa… a falta por supuesto de una inspección pormenorizada, remata mentalmente.

Las tres hermanas - Ferrari Daytona front 3/4

«Soy Frank…». Y así, al mismo tiempo que apagaba su cigarrillo, el extraño dejó de serlo. Es más, le parecía que lo conocía de toda la vida. ¿Realmente existen los flechazos?…  Antonella siempre pensó que no, pero… «Soy Antonella, hacía tiempo que no veía un temporal así, precisamente le decía a mi sobrina…». Pero alguien le grita de repente… «Fräulein, das Auto ist fertig!». Qué oportuno, es el empleado de la gasolinera, la magia se ha esfumado… «Sí, bien, el coche está listo, la proverbial eficiencia alemana, vielen Dank, muchas gracias». Y luego a Frank… «En fin, me tengo que poner en marcha, encantada». «Encantado, yo también me voy, pero algo me dice que nos volveremos a ver». dice al tiempo que sonríe, coge su abrigo y abre la puerta. Salen juntos, Antonella va por delante y vacila un segundo pero la visión de su coche la devuelve a la realidad y además él ya se va por la derecha hacia el parking.

Ahí plantado, para Antonella el Daytona es como un animal a punto de saltar, con esa línea imposiblemente bonita y todo él gloriosamente sucio del largo viaje, pero un impulso le hace girarse, apenas con tiempo para ver al extraño que ya no lo es contorsionando su atractivo cuerpo para encajarse en un Jaguar E-Type azul oscuro con matrícula británica acabada en H: coche nuevecito, bonita forma de estrenarlo, piensa. Ya encajada en el asiento derecho, Antonella gira la llave y el doce cilindros ruge de nuevo, para deleite de todos los presentes – en cada gasolinera el mismo espectáculo, piensa Antonella. Pasando veloz a su lado, el coche penetra en la cortina de copos de nieve, los pilotos traseros se ven unos segundos pero enseguida se funden con la noche. Antonella se queda unos segundos sonriendo ensimismada.

Las tres hermanas - Carretera nieve copos

Sin embargo, la subida a Garmisch exige de toda su atención y pericia, la nieve empieza a cubrir la carretera y la trasera del Daytona tiende a irse por su cuenta. Para ella no es problema hacer contravolante pero ¿por la estrecha carretera y con este tráfico? Ya en el pueblo, los últimos metros son un suplicio, los neumáticos pierden adherencia constantemente, la visibilidad disminuye, los limpia parabrisas ya pierden la batalla contra la nieve que se pega persistentemente al vidrio, los faros tampoco están a la altura de las circunstancias. Deben ser las ocho de la tarde, pero ¿dónde esta el dichoso hotel…?

Quizás debido a todo lo que pasó y lo que quedaba por pasar aquel día, tiempo después Antonella no acertaría a saber cómo llegó, pero el caso es que acabó enfilando una plaza libre en el parking del hotel. Satisfecha y sonriente por haber llevado el monstruo de 350 caballos a través de la ventisca, sacó su bolsa de viaje del maletero y se la echó al hombro, pero cerrando la tapa del maletero no pudo evitar fijarse en la trasera afilada de un Jaguar aparcado dos plazas más allá, sobre cuyas curvas hacía muy poco que se empezaba a acumular la nieve. No podía ser…

DH

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