Las tres hermanas (2ª parte)

¡Esto era viajar! Aquí va la segunda parte de las desventuras de tres sufridas familias por las carreteras europeas de finales de los años sesenta…

La señora con el perrito pega un brinco a un lado y casi se golpea con la farola, menudo susto le ha dado el doce cilindros con su rabioso rugido. Es muy temprano aún y con el estruendo se debe de haber despertado medio vecindario de este tranquilo barrio de Londres. Ya se levanta la puerta basculante del garaje y desde la acera la mujer observa indignada cómo asoma primero el frontal afilado, luego unas ruedas enormes con llantas de radios cromados y poco a poco el resto de un deportivo amarillo deslumbrante. «Veámosle la cara a este sinvergüenza», piensa la viandante.

Pero no, quien emerge agarrando firmemente con sus guantes el volante de madera no es él, sino ella. Antonella, brillante psiquiatra y gran aficionada a los coches, saluda sonriente a la señora, que pone una cara digna, aprieta los labios sube la barbilla y se da media vuelta tirando de la correa de su diminuto Yorkshire. 

Ferrari Daytona

Son las seis de la mañana, mañana es Navidad y Antonella tiene por delante un viaje épico. Tras ver The Italian Job, la peli que arrasa este año en los cines británicos, había tenido la idea de acudir en coche a la reunión familiar en los alpes italianos. Su novio actual, Marc, un estirado médico de familia, prefería ir con su Rover, un P6 marrón, pero haciendo gala de su fogosidad italiana, ella había impuesto su criterio… y su Ferrari Daytona. 

Con la melena morena cubierta por un pañuelo, sus gafas de sol y una sonrisa traviesa, Antonella da dos acelerones juguetones más, despertando probablemente a la otra mitad de los vecinos mientras, a su lado, Marc menea la cabeza de lado a lado y se tapa los ojos con los dedos pulgar e índice: “Estos 1300 kilómetros se me van a hacer muuuy largos”. Premonitorias palabras…

Hoverlloyd Hovercraft

Cruzar el Canal de la Mancha es el primer hito. Como novedad, este año, además de pasajeros, los Hovercraft llevan también 30 coches y en 22 minutos estás en Francia. A menos que haga mal tiempo, pero éste salió puntual y el Ferrari desembarcó en Calais luciendo su glorioso color amarillo bajo el debilucho sol invernal. Antes de partir Antonella había tenido el tiempo justo de cambiar libras esterlinas por francos franceses, algunos marcos alemanes, chelines austriacos y liras italianas. Marc era el encargado pero se le “olvidó” hacerlo – aparte de estirado, encima tacaño. Por su parte los británicos aún funcionarán durante un par de años con su sistema duodecimal, en el cual una libra se compone de doce chelines y cada chelín de veinte peniques, realmente muy sencillo…

Un poco de cuidado al principio para adaptarse a conducir por la derecha, el volante en el lado contrario no es mayor problema… Al ser dos, no hay que bajarse del coche en los peajes y para adelantar basta con dejar unos metros más de lo normal de margen, con el Daytona un zapatazo en el acelerador basta para pasar como catapultados al de delante. Y por fin, l’autoroute, la autopista francesa es toda de Antonella, que se concentra y le pisa con garbo: llegarán tarde pero no se perderán el ponche que preparará su madre esta noche – o puede que sí.

Paris Porte d'Italie 1969

El Ferrari traga kilómetros como un poseso. Al oir un sonido ‘in crescendo’ detrás de ellos, los demás conductores miran en sus retrovisores para ver qué pasa, pero apenas tienen tiempo de intuir la bala amarilla: lo único que ven es la trasera pegada al suelo por la aceleración haciéndose cada vez más pequeña y el sonido que se aleja. “¿Tienes que correr tanto? Ya sabes que no lo soporto, los italianos y vuestra manía de la velocidad…”

Dejan atrás Paris pero la autopista hasta Lyon está aún en construcción, así que cruzan hacia Alsacia planeando saltar a Alemania y luego seguir a Austria para alcanzar su destino en los Alpes italianos. Han pasado las horas y Marc ya no puede más… “Me duele la espalda, me pitan los oídos…”. Luego además hace tiempo que el brillo del sol ha dado paso a un plomizo cielo que invade todo de gris con su reflejo… “Qué paisaje más desolador, sin hojas en los árboles ni nada de verde kilómetro tras kilómetro, cruzando pueblo tras pueblo…”

Paris rue 1969

No, no se han puesto aún de moda las circunvalaciones que evitan cruzar los pueblos, pero Antonella ama cruzarlos y observar sus calles y sus gentes… “Esto es viajar”, piensa. Y es que por su parte ella sigue radiante y sonriente, siempre ve la parte positiva de las cosas y también le gusta este paisaje, lo encuentra romántico y además los radares son aún una rareza y la policía no se preocupa tanto de la velocidad, así que conducir es aún un placer… en unos años ya no lo será tanto. Aunque ya no tan relucientes, las llantas siguen no obstante girando a velocidad furiosa, el morro afilado cortando el viento – y Marc protestando: “La última vez que te hago caso, hacer este viaje con tu chatarra italiana, vaya idea de locos, estoy cansado y ¿te he dicho que me duele la espalda…?”.

“Chatarra italiana…”, las palabras se repiten en la mente de Antonella, que de repente tiene la sensación de que una gota acaba de colmar el vaso. Pero en lugar de explotar, aprieta los dientes y sonríe levemente, a pesar de que Marc no para… “Podríamos estar cómodamente sentados en un avión pero no, había que viajar en éste… y ahora ¿qué pasa? ¿Por qué nos estamos parando?”. Antonella da un par de acelerones, forcejea con la palanca de cambios y se para en el arcén… “Madonna, non posso crederlo, no entran las marchas, creo que se ha roto la caja”

Peugeot 404 Pickup

La pareja está ahora de pie en un campo yermo en algún lugar de la Alsacia francesa, desde las entrañas del Ferrari suenan los chasquidos al bajar la temperatura del metal caliente mientras anochece y algunos cuervos graznan a lo lejos. Afortunadamente, enseguida pasa un Peugeot 404 “pickup” con la plataforma trasera llena de sacos de patatas. El conductor, un paisano con gorra y cigarrillo colgando del labio inferior se para y amablemente se presta a llevar a uno de los dos hasta el pueblo a pedir ayuda. Antonella no se quiere separar de su Ferrari: “Ve tú, que yo me quedo aquí con mi chatarra italiana…”.  

Al principio Marc no lo ve claro: “¡Cómo! Si no sé ni una palabra de francés…”. Pero ella lo convence enseguida y al tiempo que le da el resto de los francos franceses que llevan le propone… “No te preocupes, te voy a escribir una nota con lo que necesitas decir, se la entregas a alguien del pueblo y listo”. Al mismo tiempo, ya está sacando del bolso una agenda y pluma en mano escribe unas líneas, luego arranca la hoja, se la da al pesado de Marc y le dice al conductor en un francés más que correcto que sea tan amable de acercarle al próximo pueblo. A continuación ambos, paisano y protestón, suben a la camioneta que arranca lentamente, coge algo de velocidad y se aleja mientras empieza a llover.

Ferrari Daytona rue neige

Dos horas más tarde ya es noche cerrada, el Ferrari ha pasado Stuttgart y se dirige veloz hacia Munich. Antonella engrana las marchas con precisión, está cansada pero sonriente mientras tamborilea en el volante al ritmo de la música. El recién publicado “Let it bleed” de los Rolling Stones fluye glorioso en el reproductor de ocho pistas con sonido quadrafónico. Y ahora el estribillo de la última canción del disco suena que ni hecho a propósito… ”¡You can’t always get what you waaant… no siempre puedes lograr lo que quiereees!”.

Al repostar la última vez, Antonella se ha comprado una barra de chocolate y ahora al terminarla deja el envoltorio sobre el asiento del acompañante… que está vacío. Mick Jagger y Antonella cantan ahora juntos… “¡But if you try sometimes you might find… pero si lo intentas, a veces, podrías encontrarte con que…!”. La voz de Antonella suena ahora por encima de la de Jagger e incluso del sonido del doce cilindros… “¡You get what you need… consigues lo que necesitaaas…!”. En medio de la noche por la desierta autopista alemana la línea discontínua que separa los carriles desfila cada vez más deprisa. El Ferrari acelera hasta el límite de revoluciones cortando la penumbra mientras su conductora sonríe de nuevo traviesa.

Epílogo

Un par de horas antes, Marc se había despedido del paisano con el Peugeot y había entrado en el único bar abierto. Después de pedir un cognac (la única palabra francesa que conocía), había entregado la nota de Antonella a la oronda camarera de detrás de la barra. Tras mirar al extranjero con extrañeza, ésta se puso en la punta de la nariz unas gafitas de leer, se concentró en la nota y tras unos momentos sofocaba sin éxito una media carcajada… La nota estaba escrita con letra nítida y precisa… “A quien lea esto, que sepa que estoy harta y no soporto más a este individuo, así que le agradezco le explique que he simulado una avería pero que al coche no le pasa nada, lo único estropeado era nuestra relación, que acabo de solucionar literalmente de un plumazo. Antonella”.

DH