Mi primer clásico #3


En esta serie de artículos lo cuento todo sobre la búsqueda, compra y disfrute de mi primer coche clásico: un Mazda MX-5 de primera generación, el «bichejo»…

Acabas de ver el coche de tus sueños, después de días o semanas de ver fotos y hablar por teléfono con el dueño, de repente ahí está. No te dejes encandilar, tiene buena pinta a primera vista pero tu misión primordial es averiguar cómo está lo que no se ve. Porque no hablamos aquí de coches con evidentes agujeros de corrosión, esos que compran expertos restauradores. Aquí hablo de coches con carrocerías brillantes y posibles óxidos ocultos.

Las fotos son las que venían en el anuncio…

La carrocería de esta unidad parecía estar bien, tenía un roce en la parte inferior del parachoques trasero y un golpe(cito) en la aleta delantera izquierda. El coche fue repintado en negro metalizado (el original era verde) y el trabajo que hicieron parecía bueno, el verde sólo afloraba debajo del parabrisas en el vano motor pero el resto, incluidos recovecos del capó y del resto del vano motor y maletero estaban en el nuevo color, no se apreciaban goterones, ni ondas, ni “piel de naranja” y hasta se habían respetado las etiquetas originales en japonés. Lamentablemente, en el último momento olvidé traer el imán para verificar excesos de fibra en las reparaciones…

En mi caso, verifiqué los bajos con una linterna – se apreciaba óxido pero sólo superficial, nada “podrido”. Aun así, aquí recomiendo encarecidamente: acordad con el vendedor llevarlo a un taller y ponerlo en el elevador. En fin, el motor tenía buena pinta en general, aunque no soy mecánico pero llevaba una lista de cosas en qué fijarse y estaban bien.

El interior estaba original como el exterior, incluyendo las gruesas alfombrillas originales de Eunos, no sé cómo han aguantado 24 años en servicio, increíble. Los asientos de cuero sí que estaban afectados: un agujero cosido toscamente, suciedad y la parte horizontal muy rayada, sobre todo el del acompañante. El mango del freno de mano estaba deteriorado, con el barniz todo desconchado y un extraño pomo de la palanca de cambios se elevaba en el túnel central, alta y orgullosa y… totalmente fuera de lugar, terrible, pero fácilmente solucionable.

Fuimos a probarlo… el dueño se sentó al volante, abrió la capota y arrancó el motor. Previamente había tenido que conectar la batería… parece que no lo usaba mucho, pero el motor arrancó espontáneamente a la primera y se estabilizó al instante en un ralentí constante. Unas maniobras, me indicó que subiera la rampa, el coche subió rimbombante y cuando llegó arriba me subí y mi santa se quedó tomando un café. Caían algunas gotitas, por el momento el tiempo aguantaba, pero hacía frío… en fin, allá que fuimos. 

El motor sonaba bien y el dueño lo manejaba perfectamente, conducía discreto, sin aspavientos ni florituras, mientras me iba contando que el coche había estado un tiempo parado, un par de años que pasó viviendo fuera de España – ojo a los coches que han estado parados, echad un ojo a un artículo que tengo al respecto. Tras unos kilómetros, cambiamos… era la primera vez que conducía un coche con el volante a la derecha (¿lo había mencionado?), la sensación era diferente pero no extraña, es curioso: me adapté al instante. Lo único que requiere unos minutos más de práctica es lo más inesperado: la coordinación de la palanca del intermitente. 

Comprobé que el coche no se fuera hacia los lados en línea recta, aceleré en diferentes niveles de vueltas del motor, probé todas las marchas, accioné los frenos (también el de mano) para verificar que… frenaran, pero sobre todo que el coche no se fuera a los lados al frenar. Las luces funcionaban. El cinturón de seguridad no estaba tenso del todo, tendía a quedarse suelto en el último tramo. El volante no estaba centrado en línea recta, estaba torcido hacia la izquierda unos 10º. La radio sonaba muy bien. Indispensable también (como he dicho más arriba) parar, bajarse del coche, verlo desde todos los ángulos, comprobar que todas las luces funcionan, que las ruedas están alineadas y que la carrocería está perfectamente equilibrada para descartar daños estructurales. Por fin, volvimos al garaje, dejé que lo aparcara y llamé a mi santa para reflexionar. Ahora se trataba de tomar una decisión…

¡Sigue leyendo en el próximo capítulo!

DH

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