It’s only Rolls’n’Royce…


…but I like it! Pocas marcas han pasado a formar parte del imaginario popular durante generaciones por todo el mundo y ésta quizá sea el “number one”

Ocurrió así, seguro. Probablemente. Un chaval uniformado de catorce años sube los cuatro escalones hasta la entrada de la mansión, se ajusta la chaqueta y llama al timbre. Suenan pasos, se pone muy serio y firme, le abren y entrega un montón de telegramas. Al fondo se oyen los llantos de un recién nacido, las misivas son felicitaciones de familiares y amigos: estamos en agosto de 1877 y hace unos días ha venido al mundo Charles Rolls, tercer hijo del Barón Llangattock, haya respeto.

Como vemos, nació en una familia pudiente pero según vaya creciendo Charles irá demostrando año a año que no es de los que se acomodan y su proverbial inquietud lo llevará a involucrarse en múltiples actividades que le permitan disfrutar de su pasión: la velocidad. Así, en 1896 compra un Peugeot (el primer automóvil registrado en Cambridge) y luego co-funda el Automobile Club de Gran Bretaña, a la vez que gana carreras de ciclismo y finalmente, hace ascensiones en globo aerostático – hasta 170, según cuentan. Pero no descuida sus estudios y en 1898 se gradúa en ingeniería, aunque no es lo suyo y pocos años más tarde abre uno de los primeros concesionarios de automóviles de importación en Londres…

Los cuatro personajes clave en los comienzos: Charles Rolls, Henry Royce, Henry Edmunds y Claude Johnson

Por el contrario, la familia Royce lo era todo menos pudiente: Henry nació en 1863 y cuando cuenta tan sólo nueve años muere su padre y tiene que salir a ganarse la vida vendiendo periódicos y… entregando telegramas. Sólo gracias al apoyo financiero de una tía, a los quince logra entrar de aprendiz en el ferrocarril pero tras unos meses se acaba el dinero y marcha a Liverpool, donde a base de diligencia y echar horas acaba de ingeniero jefe de la empresa que instala la luz eléctrica en la ciudad y cuando ésta quiebra decide irse a Manchester, donde en 1884 funda un tallercito donde fabrica con éxito primero timbres eléctricos y luego dinamos y grúas eléctricas. Y un buen día comienza a interesarse por los automóviles… 

Marcas registradas: el logo dejó de ser rojo en 1933 por que no pegaba con ciertos colores de las carrocerías; el “Espíritu del Éxtasis” lo creó en 1909 el escultor Charles Sykes; la tapa triangular de la calandra ya figuraba en el primer coche de Royce | Foto: James Lipman

Así que como proyecto de tardes y fines de semana, Royce toma dos automóviles de la época y los despieza para luego sustituir piezas con diseños propios, aunque tanto empeño le pone que acaba construyendo un coche diseñado casi totalmente por él mismo, del que hace tres prototipos. Uno de ellos es adquirido por un directivo de la empresa, Henry Edmunds, que entusiasmado se lo muestra a un amigo que (esto ya nos suena) tenía un concesionario en Londres… 

En esos momentos Charles Rolls andaba buscando una marca británica que poner en su escaparate y quedó encandilado con el coche de Royce, así que en mayo de 1904 Edmunds presentó a los dos emprendedores, que llegaron sin mucha dificultad a un acuerdo: el coche pasaría a tomar el nombre de ambos, que juntos sonaban (y suenan) muy armónicos, Rolls aportaría el capital y su experiencia comercial y Royce sería el ingeniero jefe. La fábrica la pusieron en Derby. En diciembre del mismo año ya se presentaba en el Salón de Paris el primer Rolls–Royce, el 10hp. Ya entonces, la marca sólo fabricaba el bastidor y el motor, la carrocería la debía encargar aparte el cliente, aunque se recomendaba a la emrpesa Barker.

Hasta ahora hemos visto que Royce era un tipo trabajador, pero nos hemos quedado muy cortos… su obsesión por el trabajo y la perfección iban mucho más allá: todas y cada una de las piezas debían ser perfectas, ligeras y duraderas. ¿Fines de semana? Siempre se preguntó por qué alguien preferiría pasarlo con la familia o amigos en lugar de adelantar trabajo en la oficina. ¿Religión? Como ingeniero no tienes tiempo para ir a la iglesia. Hasta cuentan que en cualquier momento podía agarrar la escoba de manos de un trabajador y enseñarle cómo limpiar correctamente el suelo. Y así, como fruto de esta obsesión, en 1906 se lanzó el Rolls–Royce 40/50hp, silencioso, indestructible… y casi 300 kilos más ligero que un Packard equivalente de la época y cuya mecánica es considerada aún más de cien años después como una de las más perfectas de todos los tiempos.

Debido a su rodar tan silencioso, el 40/50hp con matrícula AX201 fue apodado por la prensa como “Silver Ghost” o “Fantasma Plateado”, nombre que luego se hizo extensivo a las casi 6.000 unidades fabricadas, incluyendo 1.701 hechas entre 1921 y 1931 en Springfield, Massachusetts, EEUU.

Cumpliendo con su parte del acuerdo, Rolls se dedicó con ahínco a la promoción del coche, que gracias a ellos y a sus cualidades técnicas y estéticas obtuvo pronto gran fama y aquél famoso apelativo por parte de la revista Autocar como “mejor coche del mundo”. Los premios y los pedidos llovieron en esta época, pero la actividad comercial no acaba de llenar a Rolls, quien aburrido ya de las ascensiones en globo descubre la otra gran novedad de la época: la aviación a motor.

Yes, Rolls es un auténtico pionero y en 1910 se convierte en el primer hombre en cruzar el Canal de la Mancha haciendo la ida y la vuelta sin parar a bordo de un aeroplano diseñado por los hermanos Wright, pero un mes después en una exhibición Rolls batiría otro record: el del primer británico en morir en accidente de aviación. Poco antes, Rolls había negociado con su socio y resto de directores un acuerdo que lo liberaba de trabajar a diario en la compañía. Tenía 32 años.

El “pequeño” Rolls–Royce Twenty

Royce siguió trabajando (la vida sigue…) pero el ritmo frenético de siempre acabó pasándole factura y en 1912 sufrió un grave colapso por agotamiento que lo llevó al quirófano y a decir de los médicos lo llevaría a la tumba en pocos meses. Así que Claude Johnson, el director comercial de la compañía (y para muchos el “guion” en Rolls–Royce) se lo llevó a un largo viaje, al término del cual se acordó que Royce viviría combinado estancias en sus dos casas en Inglaterra con una nueva que hizo construir en el sur de Francia con un edificio adyacente para alojar a tres diseñadores asistentes, dos secretarias, un mayordomo inglés y un chófer… aparentemente una excentricidad, pero su labor era genial e indispensable para la compañía y el riesgo de recaída enorme, si volvía a la fábrica.

Hablar de “tope de gama” en el caso de Rolls–Royce es rizar el rizo… aquí están los del periodo que va de  1925 a 1990: los Phantom I (de Fred Astaire), II, III, IV, V (de John Lennon) y VI, sólo aptos para multimillonarios y majestades varias

Y llegó la Gran Guerra. Como es sabido, durante el conflicto muchos fabricantes de coches fueron obligados a diseñar motores aeronáuticos o producirlos bajo licencia. En su caso, Henry Royce enseguida propuso diseños propios, “of course” mucho mejores que los existentes, hasta el punto que en la primera guerra mundial la mayoría de los biplanos de la Royal Air Force británica llevaron motores Rolls–Royce. Esto dio enormes beneficios a la compañía, que gracias a ello no sufrió tanto por la caída de las ventas de la posguerra. No obstante, tampoco se quiso renunciar al negocio automovilístico y en 1922 se lanzó un modelo más pequeño que el Silver Ghost que denominaron “Twenty” y tres años más tarde ya se vinieron arriba de nuevo y lanzaron el “Phantom”, en pleno optimismo de los “rugientes años veinte”, que no durarían…

El primer Bentley fabricado en Derby, el 3½ litre basado en el Rolls–Royce 20/25 | Mark Vorgers

La gran depresión de los años ’30 pilló a Rolls–Royce en perfecta forma, hasta tal punto que no deja escapar la oportunidad de comprar a su principal competidora en las islas: la marca Bentley que como tantas otras empresas de coches de lujo estaba en bancarrota ahogada por las deudas. En realidad lo que hicieron fue liquidar todo y quedarse con la marca, de manera que en 1933 comenzaba en Derby la producción de un nuevo Bentley basado en un Rolls pero con un motor más potente. Desde entonces y durante décadas los Bentley serían meras versiones de Rolls–Royce, a menudo modificando solamente la calandra y los emblemas.

Aunque a este primer modelo Henry Royce le dedicó hasta su último aliento, literalmente… dada la mayor potencia de su motor, Royce pensó que el nuevo Bentley se merecía tener amortiguadores con dureza ajustable y la noche antes de morir aún tuvo la fuerza y la determinación para levantarse de la cama, hacer un diseño básico en el reverso de un sobre y entregárselo a su ama de llaves para que lo hiciera llegar “a los chicos en la fábrica”. Falleció al día siguiente. Genio y figura.

Hawker Hurricane, uno de tantos con motor Rolls–Royce

Pese a la muerte de sus fundadores, de todos es sabido que la empresa siguió adelante, y de qué manera… produciendo por un lado coches de calidad excepcional para los ricos y famosos y por otro fantásticos motores de aviación. Los cuales lamentablemente tendrían oportunidad de demostrar de sobra su valía… sí, llega la segunda guerra mundial. Hurricane, Spitfire, Mosquito, Lancaster… los “aviaficionados” ya saben de lo que hablamos: todos estos aviones militares montaron el último motor diseñado por Henry Royce, el V12 “Merlin”, incluyendo el Mustang americano, que montaba uno fabricado bajo licencia por Packard. 

Rolls–Royce Silver Cloud (1955-1966)

Terminado otro conflicto, llegó otra posguerra y nuevamente el horno de la economía mundial no estaba para los bollos de los coches de lujo, así que desde 1951 Rolls–Royce comenzó lo que sería un lucrativo negocio de diseño y producción de motores diesel para automóviles, trenes, barcos, fábricas… un negocio que iría creciendo durante décadas hasta su venta a Perkins en 1984. Más novedades en estos años serían el cambio de sede de Derby a Crewe, el diseño y construcción de carrocerías propias tras la adquisición de los carroceros Park Ward y HJ Mulliner y el desarrollo de motores de reacción, que reemplazarán en poco tiempo a los de hélice, pero cuya sofisticación y costes casi supuso el fin de la compañía… 

Rolls–Royce Silver Shadow (1965-1980)

Fue a principios de los años ’70 cuando a la competencia feroz y los enormes costes de desarrollo en la industria aeronáutica se unió la manifiesta incompetencia de la dirección y Rolls–Royce tuvo que declararse en bancarrota. El grupo suministraba motores a decenas de compañías aéreas y ejércitos de medio mundo, así que el gobierno británico impidió su caída, asumió el control y procedió a liquidar todo lo vendible a cambio de cash, nacionalizando lo que quedaba y creando dos empresas independientes. El negocio aeronáutico se privatizaría en 1987 y hoy en día sigue suministrando motores a medio mundo. 

Los ochenteros: Rolls–Royce Corniche (1975-95), Camargue (1975-86) y Silver Spirit/Silver Spur (1980-98)

¿Y la división de automóviles? Pues sólo suponía una parte pequeña del grupo, apenas un 10% de sus 80.000 trabajadores, pero al llegar la crisis era perfectamente rentable, así que el negocio siguió adelante en forma de empresa estatal y en 1980 fue integrada en la también pública Vickers, que en 1998 la vende a Volkswagen, aunque acabó en manos de BMW… un culebrón financiero del que algún día alguien hará un guión para una película, y que demuestra el valor que alcanzaría esta marca. Un logro que jamás podrían haber imaginado los dos formidables emprendedores, merecedores sin duda de ser recordados en este pequeño homenaje… Long live Rolls’n’Royce, oh yeah!

DH

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